POLÍTICA-MIENTE INCORRECTO

Blog del poeta Alejandro Céspedes con reflexiones, artículos, opiniones, etc. sobre actualidad, literatura o política, desde un punto de vista muy poco epicéntrico.

A veces me veo a mí mismo nadando en medio del mar hacia una isla que ese otro que también soy yo ni ve ni sabe que existe.

Todos los textos de este blog están protegidos bajo licencia.
“Amo más que nunca la poesía como creación extrema del hombre, me siento como siempre un aprendiz, sé que he escrito algo relativamente diferente, no me interesan el éxito literario ni la fortuna ni tampoco la farándula "socio-literaria", busco lo abierto”.
Extracto de una carta de Roberto Juarroz a W.S. Merwin, traductor de su obra al inglés, que yo podría firmar perfectamente. Incluida como epílogo a Décimocuarta Poesía Vertical. Fragmentos Verticales, Emecé, Buenos Aires, 1997.

Las matemáticas, la poesía, el pensamiento y la incertidumbre del lenguaje.

En esta ocasión lo que he escrito puede escucharse (pinchando sobre el título de la entrada; duración 11 min). Es el texto que leí en la presentación de la Antología Poesía y Matemáticas, el día 10 de febrero en el Ateneo de Madrid.
En él continúo con mi reflexión sobre lenguaje y pensamiento y cómo se vuelcan -desde lo puramente poético- en la poesía. Es un texto en el que se me pidió que expusiese las relaciones que a mi entender se dan entre la poesía y las matemáticas. Pinchando sobre el título puede escucharse la grabación original realizada en el Ateneo. (Duración: 11 minutos)

TEXTO COMPLETO:

El antólogo, Jesús Malia, me ha pedido que aborde mi intervención desde un planteamiento poético. Lo único sobre lo que se supone que tendría algo que decir. Pero no es cierto. No sé. Poesía y matemáticas nacen de un mismo intento intrascendente. Cierta forma de mirar la existencia que aspira a poder dar nombre a esas cosas simples que conocemos todos. Hay algunos que creen que saben cómo hacerlo. Pero saber cómo se hace sólo es una mitad de las muchas mitades. Saber dónde se encuentran el resto de las mitades tampoco garantiza que puedan ensamblarse.
Teorías, hipótesis, fórmulas, poemas para construir un elogio a la inutilidad.

He estado muchas horas escribiendo unos textos, no menos detestables que este, para intentar justificar el por qué de mi presencia. Pensé que tenía que hacerlo porque yo no llego a Topología de una página en blanco desde ningún planteamiento matemático. Llego a Topología por cuestiones de espacio, por asuntos geográficos, porque encuentro que hay límites a izquierda y a derecha por arriba y por abajo que hacen que el pensamiento que corre en los renglones sea finito. También llego por un extremo hartazgo de esa voz doliente e inflamada del yo de la retórica y de la retórica del yo. Precisamente una de las características que más interesa de lo matemático es que imperativamente necesita prescindir del sujeto.

Así que, efectivamente, había llegado a “Topología de una página en blanco” desde lo matemático, pero no lo sabía, porque entro en “Topología...” desde el propio lenguaje, dejándome llevar por el torrente de un discurso continuo qué reflexiona sobre cómo atrapar las ideas y encerrarlas en el vocabulario. Es una reflexión poética que no asume al sujeto, al lector ni a la página como elementos distintos y distantes del mismo hecho poético.

Topología trata de hacer consciente al lector de su presencia y hacer que esta sea activa. Intenta que vea, a la vez que el autor, los problemas que se plantean en el acto de escribir. Pretende hacer conscientes a ambos del poder constrictor que imponen los límites que tiene la página. Es una reflexión sobre el espacio, sobre la creación, sobre el lenguaje, sobre el propio acontecimiento poético y el papel que juegan en el mismo tanto el creador como el recreador.

Lo matemático lo encontraré después. Cuando descubra que todo lo geométrico y lo físico se explica en el idioma matemático. Y cuando llego encuentro dentro de los términos y conceptos científicos un campo semántico tan amplio y sugerente que atrae mi cerebro como un campo magnético. Y también, sobre todo, porque observo que ambos sistemas -poético y matemático- se enfrentan a un problema parecido aunque quizá desde planteamientos antagónicos: su lenguaje.

Buscamos la verdad y la verdad no existe. Sólo existe el lenguaje. Heidegger nos lo dijo: “El problema de la filosofía no es la verdad, es el lenguaje”.
En ausencia de un sistema filosófico previo el razonamiento matemático tiene problemas de supervivencia. Y también sin una disciplina reflexiva previa debería estar prohibido acercarse al poema.
Y sin embargo, como sabía Mallarme, el poema no está construido con ideas sino con palabras.
Volvemos al desorden del principio. El pensamiento aspira a organizar el mundo y el lenguaje se conforma con poder organizar el pensamiento. ¿Es capaz de abarcar la idea de infinito el símbolo del infinito en una fórmula? ¿qué infinito? ¿el infinito es símbolo y es signo en todos los lenguajes?
Soy poeta. Siervo y señor de un verbo intraducible. Explicarnos el mundo y explicarnos en él. Es el intento. Pero al llegar, escombros, esquirlas, serrín de un pensamiento intraducible. La emoción, producto de lo tangible y lo intangible, la belleza, que traduce lo tangible a lo intangible. La abstracción que se expresa con fórmulas y cifras que se gustan exactas. El pensamiento, otra vez lo tangible y lo intangible en el cerebro como materia eléctrica. En el cerebro todo. Y sólo, con acento.

Ese es el problema de todos los que usamos un lenguaje. Escarbar en un magma sobre el que flotan los cabos de un ovillo: las ideas. Retazos, sombras de lo siempre Inefable porque el cerebro no posee lenguaje. Todo aquello que ocurre en él es, en esencia, absolutamente inexpresable. Como todos los dioses creadores necesita un mediador para manifestarse porque no puede actuar directamente. La poesía, la música, las filosofía con todas sus hijastras (física, geometría, astronomía, matemáticas...) únicamente son idiomas inventados, trampas para cazar a las ideas e intentar demostrar que existe lo indecible. Somos la única especie que necesita hacerlo. Y al universo conocido e ignoto, al resto, a todo lo que no somos, no le importa. La realidad, en la exhaustiva amplitud de sus designaciones, existe y no nos necesita.
Es difícil sobrevivir a la abundancia.
Y si la racionalidad le es indiferente al universo, por qué pretender su indagación ¿qué es lo objetivo? ¿cómo y quién nos define o nos refuta? ¿por qué el tú y el yo son aceptables? ¿desde dónde? ¿es “dónde” siempre un lugar?
Preguntas, sí, en eso también somos iguales poetas y científicos. El signo de igualdad en este caso no es una conclusión, es previo, antecedente.
Origen y final sólo son términos de una lógica mínima que intenta apaciguar su propio caos. El desorden existe únicamente cuando un cerebro intenta estabularlo, no antes. La confusión ignora la palabra antes y consecuentemente el término de error. Se subleva lo idéntico, sospecha de sí mismo, se desune. Como un mar infinito de hielo cuarteado cada fragmento impone sus fronteras. Paradójicamente, mientras se desfigura adquiere forma. Es un puzzle revuelto que desdeña la posibilidad de re encajarse y ahora, más que nunca, es necesario volver al establo de la lógica mínima, entrar en el cerebro, encontrar ese hilo que sabemos fragmento porque vemos un cabo. Pero olvidamos que el todo es un fragmento y que es justamente el extremo que vemos de ese hilo cortado lo que le da nombre a lo que falta. Hay que volver a ser para dar nombre a lo que ya no es.

Estuve toda la noche peleándome con el poema, oigo decir a un poeta. Y de nuevo la idea y el lenguaje apareadas como especies distintas pero que no producen híbridos estériles. Cualquier palabra puede ser la semilla de otra idea. De esto también se habla en “Topología...”, de intentar averiguar cómo se trae la idea hasta el lenguaje. Catábasis y anábasis recíprocas y, a veces, simultáneas.
Fórmulas y palabras es a lo que llamamos pensamiento. ¿Cómo pensaba Bach cuando traducía la idea de una música que estaba en su cerebro a un lenguaje de notas? Rimbaud también se preguntaba qué lenguaje empleaba la mente imaginativa.
No sé cómo se hace. Sé que por muchas veces que introduzca mis brazos para intentar saber dónde está el fondo, todo vuelve a sí cuantas veces los saco, todo se recompone de la misma manera que el agua cierra sobre sí misma sus heridas.
Sólo tengo preguntas. Quizá sea ese el auténtico y único problema del cerebro: ninguna respuesta consigue apaciguarlo.
Las matemáticas, la poesía, la música, el mugido de un buey, el gradiente de un líquido salino... ¿Tienen también los peces un lenguaje? ¿el mismo para todos sólo porque viven bajo el agua? ¿distinto en distintas aguas?
¿Cuántos poemas caben en un poema? ¿Cuántos realidades puede explicar la misma fórmula? Todo apela a un concepto que a su vez necesita otro concepto... ¡Qué fecunda es la esterilidad de los lenguajes!
Formulamos el mundo, hacemos poesía y con ninguno de los dos idiomas hemos sido capaces de entenderlo. El principio de Arquímedes sólo explica por qué flota el cuerpo de un ahogado.
Parecía difícil hibridar dos lenguajes tan, en principio, estériles. La matemática nace para demostrar o refutar en lo concreto. La poesía resiste sin ahogarse en esa ciénaga en donde lo particular es universal y viceversa y sus únicas verdades son axiomas, principios fundamentales siempre indemostrables sobre los que se intenta construir cada vida.

¿Era necesario medir la duración exacta de los días, construir calendarios para acabar sabiendo que nunca salen las cuentas? Inventamos la ciencia para medir los límites del mundo y se hace más certera cuando mide los límites de sus propios errores. ¿Es posible bañarse dos veces en la misma tinta de la misma página?
Símbolos, sólo nos cobijamos a la sombra de símbolos. Dentro de cada fórmula, dentro de cada página, sigue ignorándonos todo lo que no admite cobijo ni catálogo. Cuando cierras los ojos todo lo que no es y lo que es decide confundirse. Nos confunde. Quizá haya que aceptar que sólo en la confusión habrá cobijo.
En poesía también existen los errores de cálculo. A veces hay más vacío en la página escrita que en la página en blanco. También a veces hay cierta poesía y ciertas teorías matemáticas que de tan sólidas, de tan preñadas de certeza como están, no pueden ver las ruinas que ellas mismas edifican en su propio crecimiento.
Wittgenstein, en su Tractatus, dejó escrito que “La forma general de la proposición siempre es una variable”. Poesía y matemáticas como cuadernos de campo, como cartografías que permitan evitar una de las más peligrosas personificaciones del vacío: la comodidad, (Muñoz Sanjuán dixit).
Presencia y ausencia tienen que convivir en nuestros dos sistemas, y también a veces simultáneamente.
Hablo de lo innombrable del lenguaje, hablo de lo intangible. ¿En dónde está la idea? ¿antes, dentro, después, en la totalidad, en las palabras mismas, cómo demostrar que existe la idea inexpresada?  ¿Cómo verificar exactamente que la palabra escrita procede legítima y directamente de la idea? ¿De qué idea? ¿De la del receptor o del que emite? La idea es gaseosa, líquida la escritura, cuando una entra en la otra se da la refracción. En ese mínimo espacio de demora está el abismo. Y en el abismo, a veces, mientras se está cayendo el poeta puede agarrar la poesía. Agarrar, no agarrarse.
Sí, todo y sólo, con acento, es pensamiento. Y el pensamiento es Nada.
No deja de tener gracia. Qué curioso, al final, para Nietzsche y Walter Kauffman, la poesía también era una ciencia. Gay, pero ciencia. Y así, lo mismo a matemáticos que a poetas, dentro de cada fórmula, dentro de cada página, nos ignora todo lo que no admite cobijo ni catálogo. Nunca deberíamos olvidarlo.
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