CONTENIDO DE ESTA PÁGINA:

1.- Relación de reseñas, críticas y comentarios sobre Alejandro Céspedes.
2.- Selección de poemas (la obra completa puede descargarse en la barra lateral)
3.- Reseñas y críticas, originales en PDF o digitalizadas.
4.- Álbum fotográfico.

1.- Relación de reseñas, críticas, comentarios o entrevistas que pueden leerse (tras la selección de poemas): BABELIA-EL PAIS: Manuel Rico. CLARIN nº 78: Herme G. Donis. REVISTA DE LETRAS: Agustín Calvo Galán. Texto de la presentación del libro "Sobre andamios de humo": Luis García Montero. Comentario: José Infante. Suplemento de Cultura DIARIO MONTAÑES: Carlos Alcorta. CLARIN: José Luis Morante. Suplemento de Cultura LA OPINION DE TENERIFE: Pedro Flores. PUBLICACIONES DEL SUR: Jorge de Arco. Suplemento Cultural EL MUNDO: Lort Varo. ABC Literario: J.M. Barrera. BABELIA -EL PAIS: Carlos Ortega. GUIA DEL OCIO de Madrid: Santiago García López. RESEÑA: Rafael Alfaro. EL CIERVO: Luis Fernández Zaurín. SUR MADRID: Vicente Presa. ABC Literario: Víctor García de la Concha. LA GACETA UNIVERSITARIA. DIARIO DE MALLORCA. EL CORREO ESPAÑOL-EL PUEBLO VASCO: Amalia Iglesias. EL COLECCIONISTA; entrevista: Jordi Doce. LA HOJA DEL LUNES: Juan Ignacio González. LA VOZ DE AVILES: Marián Suarez.


Sobre andamios de humo y Los círculos concéntricos recogen toda la obra publicada por Alejandro Céspedes desde 1979 hasta 2007. Estos dos libros pueden descargarse completamente y de forma gratuita pinchando en los enlaces laterales situados debajo de las portadas de ambos libros. Estas obras están protegidas y no está permitida su descarga para fines comerciales, salvo con autorización expresa y por escrito del autor.



2.- SELECCIÓN DE POEMAS
De "Los círculos concéntricos":


SUPE a los doce años que aquel coche tan grande era un Seat —y con dos apellidos que son Mil Cuatrocientos.Verde, como el agua estancada. Y fuimos a estrenarlo.
Hasta esa edad recuerdo pocas cosas pues la memoria era un territorio inexplorado, oculto, sólo útil para que en él pastasen mis secretos.

Eran mis doce años.

Me enseñó cómo huelen los coches cuando nacen.
Hay que estar muy atenta porque este instante es único y no se olvida nunca. Este olor primigenio sólo escapa el día que su dueño abre sus puertas por primera vez. Sólo una vez. Y sólo al primer dueño.

Y era cierto. Nunca más lo olvidé. Porque un poco más tarde y también para siempre habría de recordar el clic metálico que hace que se desmayen los respaldos. La frialdad del plástico de las tapicerías pegadas a mi espalda. El olor del tabaco en mi saliva. El apretón caliente de unos brazos. El peso de otro cuerpo. La liviandad del mío.

Supe el tacto del semen, como la goma arábiga, y su olor, a lejía.

En casa me esperaba otro regalo. La postura correcta para usar el bidé. Me enseñó a hacerlo y me quedó la impronta de aquel agua caliente corriendo por el cauce de mis muslos al tiempo que mis ojos se perdían en un paisaje azul de baldosines.

Allí, quieta, escuchando el revuelo de aquel agua mientras era engullida, mientras el sumidero succionaba mis lágrimas, aprendí a recordar.

Aprendí a recordar con las piernas abiertas mientras contaba doce azulejos en el alicatado. Doce anillas sujetaban la cortina en la ducha. Doce veces el cuco abrió su puerta abajo, en la salita. Doce veces cantó mis doce años. Doce años cumplí sentada en un desagüe.

Ese fue mi regalo, recordar. Recordar cómo huelen los cuerpos cuando se abren en ese instante único. Recordar ese olor primigenio que se escapa el día que su dueño abre la puerta por primera vez. Sólo una vez. Y sólo al primer dueño.





De “Hay un ciego bailando en el andén”
Hiperión. Madrid, 1998

IV



Para saber de ti me asomo a un pozo.
Me sujeto al brocal.
Grito mi nombre.
Despiertas, en el fondo,
tus pupilas de agua
flotan entre la umbría del silencio,
se mecen en lo oscuro,
me miran,
ven el cielo.
Para saber de ti grito mi nombre
y es circular, concéntricas
las sílabas resbalan
para llegar a ti,
y al rozar suavemente
tu intáctil superficie
extiendes sobre el agua
las ondas de la huida.

¿Por qué siempre te ocultas
cuando me asomo a ti?

Vuelve mi voz volando junto al eco
y hay en ella un vacío
que aísla cada letra de mi nombre.
Qué insalvable distancia se introduce
entre la vida y yo.

En la hondura del tiempo no hay un cambio.
Observo nuestra vida.
Es este hueco
que media entre los dos
y el tiempo ahonda.

Esto que te preserva
y me separa más
en cada diaria muerte
me obliga a seguir siendo mi otro mismo.



IX


No ser
para volver a ti.

Mirar el balanceo
de la hierba delgada del verano.

La avispa
chupando el corazón
podrido de la fruta
caída.

La casa abandonada.
La humedad que cobijan
los armarios cerrados.
El cauce del jazmín hasta mi olfato.
El perfume del alma
de un árbol que comienza a ser talado.

Hormigas
para volver a ti
me suben por las piernas.

Cerrar los ojos,
con fuerza,
contener el aliento

para saber en dónde.
Correr.
Cruzar el mar,
el maizal
que dobla la altura de un chiquillo,
y rasgarme la cara
con el áspero filo de las hojas.
Irme transfigurando
para volver a ti.

Desgarrar el capullo
que envuelve la crisálida.
Correr.
Rasgar la vida
áspera con las hojas.
Llegar al epicentro
profundo del sembrado.

Saber que estás aquí
porque exhalas el fresco olor del alma
de un árbol que ya cae,
recién talado.


De “Y con esto termino de hablar sobre el amor” Incluido en el libro "Sobre andamios de humo" Vitruvio. Madrid. 2008

XV

Por eso no fue fácil volver al instituto
cuando tú lo dejaste.
En algún sitio se me enredo tu espada,
se me clavó el acero
de esa droga adictiva
que consumí contigo
y el permanente síndrome
de su oscura abstinencia.
Me equivoqué al pensar
que esta forma de amar nunca cuartea
porque no está en su fin verificarse.

Pero dejaste un topo haciendo túneles
por dentro de mi cuerpo. Vaciándome
en cada montoncito que expulsaba
fuera de mí el sobrante del recuerdo.
Y para no quebrarme en tu carcoma
te busqué en otros cuerpos.
Pero no fue posible desprenderme
de lo que tuve que aprender de ti:
esa forma de amar sin ser amado,
esa sabiduría imperturbable
que da el amor que nunca se constata.
No existe más amor que el imposible.
Y es fácil distinguirlo. No se olvida.

Ya no puedo aceptar el amor dócil.
No soporto su cara de payaso.

Yo tengo que robarlo.
Busco el límite,
cuando no pueden más y necesitan
envolver su conciencia en un narcótico
sin saber que son ellos los que caen en sus trampas,
y en el límite,
se entregan a mi expolio en su derrota
sonámbulos o zombis, como tú,
ofreciéndose en todo con los brazos inertes
para que yo decida la manera de amar.
Por tu culpa, en el límite,
me abrazo a los peligros
que están en la otra orilla del deseo
y me quemo en sus labios con una sed tan agria
y no me importa herirme
con éxtasis con whisky o heroína
o cualquier otro cuerpo que se meta en mis brazos
con tal de que me amen como tú.
Con tal de que se dejen ser amados
aunque finjan después
que nunca sucedió
lo que desde el desprecio de sus ojos
se refleja en el fondo de los míos.




XXVI

Los observo reír.
Se abrazan.
Beben.

Únicamente yo
concedo eternidad
a esas conductas.
Juventud. Para ellos
todo es aún la escoria
de los días.

En realidad no existen. Sólo valen
para hacer más robusta la certeza
de que esta soledad
se ceba en el derroche
de sus días.

La vida es la moneda
que me cubre los ojos
para pagar el tránsito al barquero.

Se me olvidó reír
y ya no abrazo.
Derrocho mis monedas en bebida
porque hoy es la nostalgia
de mis días
la herencia de la envidia y del deseo.


De “Las palomas mensajeras sólo saben volver”
Hiperión. Madrid. 1994
V

Sufres el espejismo de la noche
que rellena los vasos y te envía
sus sombras alcahuetas.
Pero el día se empeña en recordarnos
que la noche es la niebla que separa
las promesas del miedo.
La escarcha que se asoma detrás de los cristales
se afila en una larga estalactita
que es preciso beber para saber que estamos
juntos, aunque ya existe una frontera
trazada entre los dos como una herida
que no quiere curar, ni emponzoñarse.

En la cima del sueño
el día tensa el arco.

El primer haz de luz que nos alcance
nos dejará desnudos de promesas.
Recoge esas palabras en desuso
antes que la mañana nos dispare.
No me dejes caer en la tentación,
y líbrame del mal,
del bien,
de la esperanza.

VI

Arropemos la boca con ardiente ginebra
para engañar la estéril ancianidad de asirnos.
Nos donará el coraje para incrustar las manos
con el empeño terco de retener la dicha,
nos dejará vestir a otros fantasmas
y habitar el pasado en donde fuimos huéspedes
de un paisaje de gozo
que hoy nos presta el valor para admitirnos.

Qué resplandor, qué argucias
nos injerta el alcohol en los deseos.
Qué ardor nos precipita
a amar en la esteparia meseta de tu cama.
Qué ansiedad nos desnuda
y escala hasta las cimas de los cuerpos,
qué provoca en la piel,
qué extraño río sacia
esta sed que no es hoy, ni ha sido antes,
más que una sinfonía cansada de embaucarnos
cambiándonos las notas según sea
la forma de embestirnos con los vientres,
o de estrellar los dientes contra el beso.

Estamos tan distantes,
perdidos en las sábanas,
borrachos sobre el poso del orgasmo.

El rito del silencio
diseca los minutos
que cuelgan de la lámpara
como ahorcados murciélagos.
El sudor coagula.
Un páramo de hielo
nos traspasa la vista.

Ven.
Arropemos la boca con ardiente ginebra.
Que cada nuevo sorbo ahogue este ladrido
¡aurora del alcohol!
tú que quitas las tinieblas del mundo
ten piedad de nosotros.
Tú que borras los bordes de las horas
ten piedad de nosotros.
Tú que todo lo hostigas
danos la paz.


· De “James Dean, amor que me prohibes”
Pamiela. Pamplona. 1986

III

Recuerdo a James Dean
porque un adolescente en una calle
repetía incansable que era niña,
que era amante, ramera,
y que coleccionaba besos nuevos.

¿Qué sabe, niño mío, tu amor condescendiente
del urgente deseo que en los retretes arde,
del escondido enjambre del insomnio,
de la masturbación de un ansia inaplacable?
Como cisnes sonámbulos del miedo
los versos fantasmales
recitados por James se decapitan
y el niño continúa
haciendo sus apuestas
para acabar perdiendo la cordura.
Enrojece sus labios,
sus mejillas,
acibara las cuencas de sus ojos.
Él mismo es su metáfora,
premonitorio estado
de lo que ha de llegar aunque él lo ignore,
pues niños más hermosos
hace tiempo que juegan con barajas marcadas.
Se aman porque odian
el sepulcro de los desasosiegos
o esperan encontrar a James Dean
ultrajando despojos en un parque cualquiera
o en el reflejo de un escaparate.

El amor te enmohece.
Revientas las miradas de otros adolescentes
y el cristalino limpio de tus ojos
se hace añicos de luz contra la acera.
No sabes que la noche,
alzada en sus tacones
de altísimo travesti,
considera imprudente
violarse en los espejos.

El frío se acurruca
en andenes de metro
donde una niña,
o casi,
se desnuda
para volar su miedo de cometa.






3.- RESEÑAS, CRITICAS, ENTREVISTAS AL AUTOR:

SOBRE ANDAMIOS DE HUMO, poesía 1979-2007

Se puede leer la crítica pinchando sobre el artículo.

BABELIA – EL PAIS 4 de octubre de 2008
Sobre Andamios de humo. Manuel Rico


En la década de los ochenta no pocos poetas se comprometieron a fondo con una escritura de cuño realista y enraizada en la experiencia y en la memoria como superación de la etapa culturalista que dominó la década anterior. Algunos como Alejandro Céspedes (Gijón, 1958), publicaron un logrado primer libro y tras alcanzar cierto protagonismo en el panorama de la poesía más joven -Céspedes fue premio Hiperión en 1994- pasaron a un plano discreto cuando no a quedar fuera del escenario por razones no siempre entendibles. La publicación, en 1985, de James Dean, amor que me prohíbes, su primer libro, mostró ya a un poeta maduro, empeñado en construir textos basados en una memoria íntima activada a partir de algunos referentes culturales filtrados por la experiencia, un experiencia de formación, de acceso al amor y al erotismo, de aprendizaje de la soledad, de descubrimientos. Aquel libro de mitos (Dean, Hendrix, Joplin) y ensoñaciones ("esos fantasmas cómplices / que escondieron debajo de las sábanas / mis sueños infantiles") tuvo continuidad en otros poemarios en los que no hizo sino profundizar en el factor memoria, aunque con un añadido esencial: el escepticismo, el descreimiento, el desamor, la decepción. Todo lo hermoso (con sus inevitables dosis de dolor) yace en el pasado, forma parte del universo infantil y adolescente y la madurez, el conocimiento del mundo, la experiencia no son sino factores que dan forma a una lucidez que nos aleja de los sueños, del adanismo de la primera edad, de la felicidad en definitiva ("Hubo un tiempo anterior / donde era libre / de inventarme los nombres de los días"). Esa trayectoria lírica, unitaria, deudora de un lenguaje casi conversacional (Biedma y Brines no son ajenos) en el que, a veces, brilla la metáfora y la búsqueda de una ductilidad y de una música que lo alejen de la prosa puede abordarla ahora el lector en Sobre andamios de humo, edición de su "obra poética publicada". Poesía en la que el lenguaje está al servicio de un poderoso núcleo emocional y de una permanente lucha por afirmarlo. Un obra, compuesta de seis libros, que Céspedes ha corregido en parte: en concreto, en el apartado segundo, Y con esto termino de hablar sobre el amor, convierte en capítulos tres poemarios que han sido, ahora, reescritos. Un signo claro de la voluntad de su autor por afinar al máximo su emocionada (y honda) poesía de antes para el lector de hoy. Manuel Rico.





CLARIN nº 78 Noviembre-Diciembre 2009. Los círculos concéntricos, por Herme Donis Se puede leer el artículo pinchando sobre la página.

LA VOZ DEL SILENCIO

Los círculos concéntricos
Alejandro Céspedes
Colección Julio Nombela
Asociación de Escritores y Artista Españoles, 2008
48 págs


Apenas unos meses después de la publicación por parte de Ediciones Vitruvio de Sobre andamios de humo (1979-2007), obra completa hasta ese momento del poeta gijonés Alejandro Céspedes, aparece ahora Círculos concéntricos, XIX Premio de Poesía “Blas de Otero” 2007.

Comentaba hace unos días con un amigo librero sobre la cantidad de excelentes libros y autores que por motivos del azar u oscuras razones, habrán quedado y quedarán durmiendo el sueño de los justos en polvorientos anaqueles de librerías de viejo o-si tienen suerte- poco a poco se irán poniendo “morenos” en los stands de las ferias de libros antiguos y ocasión que de vez en cuando pueblan los paseos de nuestras ciudades.

Eso es lo que suele suceder con los libros de poesía. Sus cortas tiradas y su escasa o nula distribución los ensombrecen con demasiada frecuencia. Éste bien podría haber sido el destino de Los círculos concéntricos, si su autor no lo hubiera colgado en su blog personal: esa inapreciable oportunidad que Internet brinda a todos los consumidores del mundo virtual. De esta manera, el poemario de Alejandro Céspedes tendrá los lectores que se merece. Que, dada su calidad, tendrían que ser miles.

En las páginas –de imprescindible lectura- que abren el libro, Alejandro Céspedes nos pone en antecedentes de los avatares del mismo. Nos va explicando la ardua tarea que supuso la creación de Los círculos concéntricos y de cómo el personaje femenino se le fue imponiendo desde el primer verso negándose a aceptar las “manipulaciones” a la que le exponía el autor.

El libro, elaborado con la dedicación, paciencia y cariño de un orfebre, relata la trágica historia de Aurora. Céspedes, a través de una serie de fragmentos (encadenados entre sí sin ningún tipo de fisuras y poseedores de una palabra justa e irremplazable) va dejando hablar a su personaje sin tapujos, pero siempre observándolo con tal dulzura y respeto que si no supiéramos que en todos los órdenes de la vida las cosas nunca son lo que parecen, nos inclinaríamos a pensar que el autor, de alguna forma, ha sido un espectador cercano a los hechos que nos narra.

Desde el núcleo de los círculos de los que intenta salir y por los que irá transitando hasta llegar a su extrarradio, Aurora nos cuenta una existencia marcada por las abominables circunstancias que rodean su infancia y adolescencia, transcurridas entre el desconcierto, el silencio, y la culpa: “Traspasar la frontera era muy fácil. Quién dice a la caricia cuál es el territorio prohibido […] Qué puntos de la piel van indicando dónde están los linderos del camino por el que transitar es aún posible sin tener que esconder las emociones…” (pág. 13)

Ningún fragmento de este libro nos deja indiferentes. La voz de Aurora con veracidad y emoción nos sumerge en su mundo de silencios y misterios, que según nos van siendo revelados nos conmueven y estremecen: “Supe a los doce años que aquel coche tan grande era un Seat ¬-y con dos apellidos que son Mil Cuatrocientos. Verde, como el agua estancada. Y fuimos a estrenarlo. Hasta esa edad recuerdo pocas cosas pues la memoria era un territorio inexplorado, oculto, sólo útil para que en él pastasen mis secretos…” (pág. 21)

A partir de este episodio la historia se precipita. La rebelión, el asco y el dolor se manifiestan todos de golpe. Aurora rompe las ataduras y recupera una libertad no exenta de aflicción y culpa, pero salvadora: “Todo está consumado. No puede haber condena más perpetua que darle de mamar a los recuerdos. Cualquier otra justicia es de este mundo y a mí ya no me alcanza porque hace mucho tiempo que habito en la ceniza de una estrella apagada. Nunca habrá redención pues no es culpa del pájaro si se estrella su cuerpo contra el cristal traidor de una ventana…” (pág. 40)

Como bien dice Emilio Porta en un texto que, a modo de prólogo, acompaña a la justificación del libro por parte del autor, Los círculos concéntricos no es otra cosa que una brizna –muchas briznas diría yo- de amor y dolor profundo de Alejandro Céspedes.





Revista de Letras (Revistadeletras.net)
Los círculos concéntricos
Por Agustín Calvo G. | Reseñas | 23.12.08
http://www.revistadeletras.net/los-circulos-concentricos/

Los círculos concéntricos
Alejandro Céspedes
XIX Premio de Poesía “Blas de Otero”
Ed. Asociación de Escritores y Artistas españoles, Madrid. 2008

Desde el “yo soy otro” de Rimbaud, pasando por los heterónimos de Pessoa, la escritura como memoria ha tenido en la memoria ajena un campo donde la creación se expande hacia el infinito de nosotros mismos. Alejandro Céspedes visita con este libro la identidad de Aurora: un yo femenino que surge de las entrañas del autor. La construcción de esta identidad femenina se consigue gracias al recuerdo e implica también la existencia de un segundo personaje, al que Aurora se refiere únicamente en tercera persona y que se convierte en su otro, su contraposición. Pero el verdadero personaje o trasunto de estas prosas poéticas es el amor: el amor del autor por el personaje, real o imaginario ¿qué importa?, en complicidad y simpatía, y también su forma contraria: el amor como odio, el amor desmedido como arma de destrucción personal, especialmente cuando la partida no se juega entre iguales y uno de los dos amantes está indefenso ante el dominio o la brutalidad del otro. Alejandro Céspedes ahonda en un tema universal y siempre actual como es el horror dentro del hogar. No hay mayor sufrimiento que la confianza familiar truncada, el secreto infantil que se guarda inconfesable hasta la edad adulta o el diván de los sicólogos, pero tampoco personaje más extraordinario y sugerente como el que ha vivido experiencias traumáticas. El autor consigue hacer de su Aurora una memoria que se explica desde un lirismo alejado de lo común o de la poética al uso, con imágenes sabiamente elaboradas, desde el compromiso-amor hacia el otro- y la comprensión de nuestros miedos interiores como aproximación hacia la humanidad de la que nada nos puede ser ajeno, en su proximidad o alejamiento, traspasando los círculos concéntricos que nos unen o separan; concluyendo que yo no podría ser yo si no existieran otros. Libros como el de Alejandro Céspedes nos descubren en esa búsqueda de aparentes contradicciones.
Agustín Calvo Galán




Luis García Montero: Texto de la presentación del libro “Sobre andamios de humo”, Delegación del Principado de Asturias en Madrid. 21 de mayo de 2008.
Yo conozco a Alejandro desde hace mucho tiempo, aunque es verdad ya que de casi todo hace mucho tiempo. Pero yo lo conocí cuando los dos estábamos empezando a escribir, cuando los dos estábamos abriéndonos camino dentro de la poesía española allá por el principio de los años 80 y, si no recuerdo mal, nos conocimos de la mano de Ana Rossetti en un momento donde la poesía participaba en un impulso de transformación de la sociedad española que iba mucho más allá de la transformación política. De la transformación que suponía el paso oficial de una dictadura a una democracia. Se estaban transformando las costumbres y la palabra de los poetas participó seriamente en esa transformación. Y dentro de ese impulso poético que buscaba dar palabra a la transformación, conocí a Alejandro a través de la lectura de su libro “La noche y sus consejos”. Desde que lo conocí supe que era un poeta de verdad, alguien que dialoga en serio consigo mismo, alguien que tiene su propio mundo, que busca con sus propias palabras y que participa de los tiempos de todos en un diálogo profundo, serio, con él mismo y con sus convicciones. Creo que eso es lo que puede recordar el lector, o descubrir el nuevo lector de Alejandro en “Sobre andamios de humo” al leer la reorganización que ha hecho de su poesía desde el año 1979.

Aquí se encuentran los libros ya publicados, algunos de ellos muy difíciles de encontrar, así como “Y con esto termino de hablar sobre el amor”, donde ha englobado y reescrito sus publicaciones anteriores “Muchacho que surgiste”, “Tú, mi secreta isla” y “La noche y sus consejos”. Además a reunido “James Deán, amor que me prohíbes” y los dos últimos libros publicados por la editorial Hiperión “Las palomas mensajeras sólo saben volver “ y “Hay un ciego bailando en el andén”.

Conozco bien la poesía de Alejandro Céspedes porque he tenido la suerte de ir encontrándomelo y de ir encontrándome con sus libros, y a veces la fortuna también de haber participado en el jurado de algún premio que él gano con todo mérito.
Al volver a leer esta organización de su poesía lo primero que uno se pregunta es cómo envejecemos, cómo envejece con nosotros nuestra poesía, y la primera sensación que he tenido es que la poesía de Alejandro envejece muy bien, que mantiene su vitalidad y su vigencia y que no era una poesía que flotase en el ambiente de aquella época sino que nacía, se apoyaba, enraizaba en una calidad literaria muy personal.

Alejandro Céspedes pertenece a esa voz poética asturiana que ocupa un lugar muy sólido, importantísimo, dentro de nuestra poesía contemporánea que se empezó a gestar a principios de los años 80.

Desde luego sus poemas tienen aire de época -la poesía tienen mucho de educación sentimental, nos vamos haciendo a leer poesía y tenemos la ilusión de ir haciendo a los demás con nuestros propios poemas- y yo, al volver a leer “James Deán, amor que me prohíbes” he vuelto a muchas referencias de los años 80, a mucha ilusión en una transformación cultural que se llenaba de referencias culturalistas, pero muy integradas en la vida, muy integradas en un verso capaz de mirar a la vida de manera distinta a la vida cotidiana, inyectando un saludable aire de rebeldía y de desacralización de la cultura. El culturalismo de Alejandro, como el culturalismo de los buenos poetas de aquel tiempo que iban intentando transformar la sociedad, servía precisamente para desacralizar una idea de la cultura excesivamente pedante y excesivamente acomodada.

La voz de Alejandro siempre ha circulado por una libertad sentimental radical, por una capacidad metafórica para encarnar deseos y sentimientos personales en los paisajes de la ciudad, en los paisajes urbanos, en los paisajes de una vida muy propia de la etapa final del siglo veinte, en una sensualidad que ha marcado su mirada a la hora de relacionarse con la vida, con el cuerpo, con los cuerpos. Y junto a esa sensualidad, también encuentro una gran capacidad de reflexión. Digo junto a “esa” y debería decir luego de “esa” sensualidad hay una capacidad de profunda reflexión, porque la poesía sensual de Alejandro me parece muy inteligente en los momentos de plenitud, en los momentos de vitalidad, en algunos de los poemas que ahora se rescriben en “Y con esto termino de hablar sobre el amor” donde hay un comercio inteligente con la vida. Pero esa inteligencia está presente en los poemas de Alejandro también después -sobre todo después- por ejemplo cuando el cóndor se vuelve paloma mensajera. Esa era la metáfora inicial de su libro “La palomas mensajeras sólo saben volver“ que engloba todo el libro. Se vuelve paloma mensajera no por debilidad, no porque el cóndor de la gran poesía americana, nerudiana, de fuerte vocación colectiva se convierta en paloma débil, en paloma de la intimidad, sino porque hay algo más. Las palomas mensajeras, como reza el título, sólo saben volver y la poesía de Alejandro se fue interiorizando en sí misma y él fue cada vez meditando más en sus orígenes, en sus recuerdos, volvió a su pasado y ahí la sensualidad se puso al servicio de la recuperación de la infancia, de sus olores, de los sentimientos, en las atmósferas que podían marcar un territorio escondido en el fondo del tiempo.

Un paso más radical lo dio después en su libro “Hay un ciego bailando en el andén” porque ahí ya el presente se convierte definitivamente en la deuda que debemos pagar al pasado, y la perplejidad, la incertidumbre de ese baile de ciego, unido al vitalismo, se encauza hacia una búsqueda de los orígenes familiares, de los ancestros, de los Céspedes que, por supuesto, tiene que ver con la recuperación del origen, pero también con la toma de conciencia de que todo pasa, de que todo desaparece, de que estamos bailando y dialogando en el vacío con nosotros mismos. Alejandro se carga de una profundidad y de una inteligencia puesta al servicio de la sensualidad, y me parece que eso es muy destacable a la hora de conformar su mundo poético.
Me ha encantado volver a leerlo de manera ordenada porque he vuelto a establecer un diálogo estrecho con su poesía, me siento cómplice como poeta, por edad, por generación, de su manera de utilizar una palabra muy precisa, pero al mismo tiempo muy rica, de mantener un dialogo muy abierto, muy rico y muy libre con la vida y de no consolar nunca a la inteligencia con falsos remedios.

Presentar este libro es invitar a leer a Alejandro Céspedes. Yo le agradezco al Editor que haya publicado estos libros porque quizá hay muchos aficionados a la poesía, lectores jóvenes, que no han tenido la oportunidad de leer las primeras ediciones de estos libros y aquí tienen la ocasión de conocer una poesía muy buena de un poeta comedido que ha escrito lentamente una obra llena de calidad, una obra importante, sin traicionar nunca ese diálogo consigo mismo por el que empecé a respetarlo allá por los años 80 desde el primer momento que lo conocí.

A parte de invitar a leer a Alejandro esto me ha servido a mí para recordarme que hace ya demasiados años que no publica un libro nuevo. Si no recuerdo mal, su último libro es del año 1998 y va siendo hora. Además de invitarles a ustedes a leerlo, quiero a pedirle a Alejandro que publique lo antes posible esos poemas en los que sin duda ha estado trabajando durante todos estos años.
Luis García Montero






SOBRE ANDAMIOS DE HUMO: José Infante.
Poeta asturiano (nacido en Gijón) Alejandro Céspedes, que aparece en la fotografía junto a la escritora Ana Rossetti y a Marisa Calvo, pintora y viuda del gran poeta sevillano Rafael Montesinos, apareció en los años ochenta en el mundo de la literatura avalado por el Premio Hiperión. Publicó algunos libros y ahora, después de un largo silencio, reaparece de nuevo con un libro antológico: "Sobre andamios de humo". El libro, que se presentó en la sede madrileña del principado de Asturias, que ahora dirige Miguel Munárriz, estuvo introducido por Luis García Montero.

Leo, en estos días de lluvia inesperada y fríos retardados que parecen llevarnos contradictoriamente al otoño, los hermosos versos de Céspedes.
Recoge en este libro toda su obra publicada “La noche y sus consejos”, “James Dean, Amor que me prohíbes”, “Muchacho que surgiste”, “Tú, mi secreta isla”, Las palomas mensajeras saben volver” y “Hay un ciego bailando en el andén”.
En una de las partes de libro, la llamada “Y con esto termino de hablar sobre el amor”, Céspedes ha reescrito algunos de sus antiguos títulos. Poeta melancólico y elegíaco, Alejandro Céspedes, está en la mejor tradición de la poesía española que viene del 27, pasa por Cántico y por algunos poetas del 50, como Brines o Rodríguez y que continuó en lo mejor de la generación del 70 y los postnovísimos. Poeta de profunda dicción que vive el tiempo y el amor como una pérdida continua, intimista, meditativo, equidistante por igual de los llamados poetas de la experiencia y del postclacisismo de los años ochenta, Alejandro Céspedes es un poeta que habla del contenido de su corazón y aspira a que su corazón contenga todos los corazones. Una obra cuidada de lenguaje que no desdeña a veces la sentimentalidad, pero que no olvida nunca el papel imprescindible de la imaginación en el hecho poético.
José Infante




Suplemento de Cultura. Diario Montañés. 21 junio 2008
Salvación y recompensa.
Carlos Alcorta

Alejandro Céspedes, nacido en Gijón en el año 1958, publicó su primer libro, 'La noche y sus consejos' (Premio de Poesía Villa de Lanjarón) en la colección Genil de Granada en 1986. 'James Dean, amor que me prohíbes' (Premio Arga) fue publicado en la editorial Pamiela en el mismo año. En la colección de plaquettes Scriptum publicó el año 1988 el cuaderno 'Muchacho que surgiste'. Otra plaquette, esta vez en la colección malagueña Plaza de la Marina, titulada 'Tú, mi secreta isla' fue publicada en el año 1990.

En 1994 obtiene el Premio de Poesía Hiperión, uno de los más prestigiosos en la pasada década, con el libro 'Las palomas mensajeras sólo saben volver'. Posteriormente, y en la misma editorial, publicó en 1998 'Hay un ciego bailando en el andén' , su último libro.

Han pasado pues diez años de silencio editorial hasta encontrarnos con el libro que nos ocupa, titulado 'Sobre andamios de humo' que recoge toda su obra poética publicada hasta la fecha, con la inclusión de 'Y con esto termino de hablar sobre el amor', permitiendo así al lector que no lo hubiera leído antes, apreciar la voz de uno de los poetas más hondos, lúcidos y fiel a sus convicciones de la actual poesía de nuestro país.

Sirva este preámbulo de carácter enumerativo para dar al lector unas referencias, que por ser generales pecan de incompletas, necesarias, sino para apreciar el excepcional calado de su poesía, sí para establecer una taxonomía individual de orden didáctico que nos permitirá ensayar unos apuntes de índole generacional.

Existen al menos dos posibilidades cuando se trata de presentar al lector un recuento poético. La primera de ellas sería acumular cronológicamente todo lo publicado hasta la fecha sin intervención posterior alguna sobre los textos, es decir, trasladando fielmente a esa obra completa en construcción, la travesía editorial concluida hasta la fecha.

Reestructuración

La segunda es la que nos interesa en este momento, porque el libro 'Sobre andamios de humo' recoge, sí, toda la obra de Alejandro Céspedes y al mismo tiempo, esta afirmación es engañosa, porque dicha recopilación ha sufrido una reestructuración, digamos argumental -se muestran ahora los libros publicados agrupados en un solo título- y su contenido ha soportado la enmienda de una nueva lectura por parte del autor, que se ha puesto en la piel de lo que Steiner denomina un 'arqueólogo de la conciencia'.

Con esta labor de poda pretende Céspedes arrojar por la borda el lastre de aquella parte de su escritura en la que ya no se reconoce, con la que su actual disposición emocional no se siente de acuerdo, con el objeto de mostrar al lector 'la vida de un hombre', tal y como el poeta desea recordarla.

Cualquiera de las posibilidades antes mencionadas resulta lícita, puesto que sólo el autor puede decidir cuál es la más recomendable, la más personal, sin embargo esta revisitación del pasado no está exenta de unos riesgos que, afortunadamente, Alejandro Céspedes, ha sabido sortear, porque, a través de sus versos, nos ofrece no una imagen parcial y tergiversada de sí mismo, sino depurada y verdadera. Estamos hablando de una poesía testimonial y, como tal, el poeta no se sitúa bajo el parasol de la tercera persona, sino que condensa toda la fuerza expresiva en la disección de un 'yo' moral, reflexivo y poco autocomplaciente.

Dividido en cuatro partes, 'Sobre andamios de humo' comienza recopilando poemas del libro 'James Dean, amor que me prohíbes', del que se ha suprimido el subtítulo, las dedicatorias iniciales y algunas epígrafes orientativos -no es baladí señalar que este libro, dividido en dos partes, engloba en la segunda parte los poemas publicados en 'La noche y sus consejos'. Ahora, en otra vuelta de tuerca, Alejandro Céspedes, elabora una nueva y meticulosa renovación, con variaciones textuales, modificaciones en los títulos y supresión de gran parte de los poemas que conformaban ambos libros y una rigurosa ordenación que finaliza con un Epílogo, que no es otra cosa que un ejercicio de conciencia, de nueva factura, a modo de resumen y, quizá, también como procedimiento para saldar cuentas y cerrar las puertas al pasado.

'Todo está consumado/ a excepción del silencio', confiesa en dicho poema. 'Y con esto termino de hablar de amor', poemario donde ha reescrito, 'Muchacho que surgiste', 'Tú, mi secreta isla' y 'La noche y sus consejos', contiene todo él lo que podemos considerar, sin riesgo alguno de equivocarnos, poemas inéditos escritos en un demorado arco temporal, desde 1979 hasta el año 2007, lo que supone un laborioso esfuerzo de reescritura en busca de homogeneidad en el discurso ideológico y narrativo. Un lector que acceda por primera vez a la obra de Alejandro Céspedes percibirá al instante la unidad de tono que, como una corriente subterránea, fertiliza la semilla que germina en estos poemas. No hay acrobacias o malabarismos en busca de un decir abismado o grandilocuente.

Mirada despierta

Céspedes se enfrenta a eso que Claudio Magris, en afortunada expresión, ha llamado 'la promiscuidad de lo real', porque ha logrado, gracias a una mirada despierta, indagadora, ver ahora lo que unos ojos menos atentos le impidieron ver en el pasado, de ahí que esa reconstrucción poética de la que hemos hablado esté completamente justificada para verbalizar la realidad, aunque, siguiendo a Alberto Santamaría, 'el poema no descansa; destruye la presunta naturalidad del lenguaje para forjar una nueva y mareante realidad desde el lenguaje'.

La reflexión se convierte en un desgarro íntimo agigantado por una idea del amor, del deseo como territorio de desolación y caos por su propia esencia efímera. 'No saben que yo siempre/ pagué por el amor más que su precio/ y que empeñé mi infancia/ e hipotequé también mi adolescencia,/ que gasté mi presente,/ y a veces mi salud, en cuerpos que fingían sentirlo o ignorarlo'. Son estos poemas fragmentos de una confesión que se sustenta en la inmediatez de lo percibido, relacionados con momentos y lugares concretos, en los que, a pesar de esa proximidad, se trasciende, a través de un lenguaje cotidiano y recomponiendo las piezas de ese puzzle que llamamos memoria, la anécdota, lo personal para convertirse en un atributo colectivo en el que estamos, como lectores, también nosotros involucrados, porque no podemos olvidar que -y aquí me remito al magisterio de Bonneffoy- 'todo poema esconde en su fondo un relato, una ficción'.

Céspedes posee eso don imprescindible para un poeta, una voz intensa y personal, que encuentra dentro de sí el asunto de sus meditaciones, porque siguiendo a San Agustín, piensa que 'el más firme conocimiento del saber se encuentra en la propia alma'.

Descolgado injustamente de los recuentos oficiales, generalmente sesgados y variopintos, por cuestiones ajenas al propio ejercicio poético, impulsados por un ecumenismo esencialmente corporativo, estamos seguros que en una nueva valoración generacional, ya pertinente y necesaria, porque el implacable juez que es el tiempo, se ha encargado de hacer su propia selección, contará con nombres como el de Alejandro Céspedes, poeta lo suficientemente sensato para considerar al lector, gracias a la ficción verosímil, ese cómplice necesario de su aventura vital, que sienta como suyos el dolor o la alegría, la paz o el desasosiego. Su exploración de la realidad es, de alguna manera, también la nuestra.






CLARÍN; nº 47 Julio-Agosto 2008
José Luís Morante
LA OTRA ORILLA


Casi tres décadas de poesía se recogen en Sobre andamios de humo, volumen que compendia el trayecto creativo de Alejandro Céspedes, desde 1979 a 2007. La muestra arranca con James Dean, amor que me prohibes. El icono cinematográfico sirve de eje giratorio para una reflexión homoerótica; una voz íntima y coloquial dialoga en ausencia en una evocación elegíaca que sirve para recuperar el pasado biográfico, con su trama de sensaciones y deseos. La toma secuencial de la muerte del actor impone el acabamiento como única verdad absoluta y sublimadora. Los días de infancia aparecen como arco temporal proclive a la idealización, el sujeto tiene todavía el cristalino limpio y los sentidos ignoran los claroscuros de lo cotidiano. La magia de los libros enaltece las sombras cómplices de los protagonistas de la historia; queda en el imaginario la querencia por nombres singulares que alumbraron los mitos del deseo hasta descubrir su identidad fantasmal, esas pérdidas que muestra el aprendizaje de la realidad.

El material poemático de Y con esto termino de hablar sobre el amor reescribe composiciones de tres títulos, Muchacho que surgiste, Tú, mi secreta isla y La noche y sus consejos; en ellos hay una continuidad en el cauce argumental y en la construcción de un sujeto intimista y confesional a quien las convenciones condenan a un ejercicio de soledad y hastío. La cita de apertura, “Así fui, desde niño, acostumbrado al ejercicio de la irrealidad”, de Jaime Gil de Biedma, define los escollos de ese amor cuya indefinición borra el lugar de la nostalgia y pide a la conciencia que olvide acudiendo al abrazo de otros cuerpos que siguen los impulsos del deseo.

Las palomas mensajeras sólo saben volver abre otro recorrido. Obtuvo en su día el Premio de poesía Hiperión. Hay en los poemas una perspectiva de desesperanza, como si la voz poemática diera cauce a las palabras vencidas; esa imagen de la paloma que retorna hacia el lugar de salida es atinada metáfora del alter ego que obsesivamente busca el norte en el pasado. En él recompone ecos y vislumbra pasiones fragmentadas. Su manera de estar confirma que el destino es reincidencia. La terquedad de seguir existiendo, cuando se impone lo efímero y las sucesivas desapariciones, sólo se supera confundiendo distancia y cercanía, recobrando instantes en los que amanecía la esperanza o se participaba en el rito iniciático de aprender a vivir. Como un rumor de fondo, la invocación despliega antiguas presencias, lugares y hechos refugiados en la habitable memoria y cambia el rumbo establecido por ese tedio de rostro inalterable que apenas deja margen de elección.

Hay un ciego bailando en el andén es el título más reciente de Alejandro Céspedes. El aliento reflexivo de sus composiciones postula una presencia desconocida que habita el territorio del yo. Esa suerte de heterónimo se apropia del espacio interior y deja a la intemperie: “Habitas en la arena de un reloj/ en el que los dos somos/ lo mismo y lo contrario”. Este axioma taoista es un ejemplo del carácter meditativo de este poemario en el que la andadura biográfica pasa a un segundo plano para abordar una mirada interior.

Sobre andamios de humo muestra la actividad poética de Alejandro Céspedes como un continuum. Es un texto orgánico en el que lo vivencial adquiere un papel relevante. Dos son los temas centrales: el amor y la identidad, ambos en el contexto de vacuidad que depara un presente siempre proclive a la desolación y al olvido de cualquier quimera. La visión del amor evoluciona hacia la madurez; junto a la óptica sensorial de descubrimiento de la sexualidad la experiencia evocada se convierte en fuerza ordenadora, en una directriz que regula el tránsito diario y dota al yo de mecanismos de resistencia ante la fragilidad de los sentimientos. El otro aspecto recurrente es la identidad; la condición de ese ser escindido que tiene como imperativo la recuperación de una identidad originaria, asociada a los días de infancia y a la adolescencia.

Céspedes dibuja un camino donde las notas biográficas colaboran en la significativa construcción del sujeto poético exponiendo meditaciones con un claro elemento moral. En ellas aflora la intimidad y esa sensibilidad subjetiva que se despliega en las relaciones personales.

Su poesía entronca con la lírica amatoria cernudiana, pero también con Olga Orozco, Bécquer, Claudio Rodríguez o Jaime Gil de Biedma, débitos que justifica el poeta en una nota final.

Poesía escrita para un interlocutor amistoso en quien depositar la sinceridad más personal.



SUPLEMENTO CULTURAL –
LA OPINION DE TENERIFE 15 de noviembre de 2008
Pedro Flores
La poesía habitable de Alejandro Céspedes


Han pasado diez años desde que Alejandro Céspedes publicase Hay un ciego bailando en el andén. Normalmente cuando un creador, máxime un poeta que antes de ese “silencio” había obtenido prestigiosos premios y editado en no menos prestigiosos sellos ve transcurrir tan relativamente largo período de tiempo entre una entrega y otra, ha de enfrentarse, inevitablemente, a la pregunta de rigor: ¿Por qué esa laguna, ese silencio, esa tregua? Es cierto es que diez años sin publicar poesía incide de diversas maneras en la poesía que se escribe, e incide en la manera de volver a abordar la propia obra. Creo que cuando Alejandro Céspedes hace balance, reúne el ajuar de su espíritu disperso hasta ese momento, ensambla las instantáneas del alma que, entre otras cosas, son sus libros, hay una voluntad de cerrar un ciclo, que es lo mismo que la voluntad de abrir un ciclo nuevo. En este tomo que recoge y revisa su obra publicada hay mucha labor de arquitectura: las diversas piezas, fases, libros que lo conforman son también un todo, una construcción; sólida, pero de ninguna manera rígida, sino luminosa y generadora de buena sombra a la vez, bien cimentada en el suelo pero de vocación aérea. Quizá no por casualidad ha titulado el poeta su obra reunida Sobre andamios de humo.
Al poeta Céspedes empiezo a no agradecerle el obsequio de su poesía pues tiene ésta una considerable capacidad de influencia. Estamos, y creo que es cada vez más raro encontrar esto en el actual panorama de las letras en muestro idioma, ante una casa, una poesía, habitable, un lugar que nos da la comodidad y la calidez de lo cercano a la vez que la dosis de misterio, de enigma, que ha de concitar toda buena poesía. A mi juicio, Alejandro Céspedes es un poeta capaz de hacer sentir “cómodos” a los seguidores de la poesía que se recrea en el lenguaje y a los que creen que ésta ha de sustantivar la imagen poética, a los devotos de una poesía que plantea un explicativo diálogo con la intertextualidad y los partidarios de una expresión más intimista.En el sótano, nada lúgubre, de ese “edificio” guarda sus materiales primigenios, sus hallazgos fundacionales. Allí empezó a urdir sus enigmas con James Dean, amor que me prohíbes, es tiempo de revisar esa época donde, cita el autor a Blake, el dulce amor era pecado, y hallamos al hacerlo un texto de renovada vigencia, un “sótano” al que bajar a buscar, jamás a enterrar, donde Céspedes no sé si fundaba, pero desde luego hubo de ser de los primeros en cultivar una forma de decir que conjugaba elementos, maneras y resonancias de la poesía clásica con las señas de identidad cotidianas y los emergentes iconos culturales de su tiempo.
Algo parecido se podría decir de Y con esto termino de hablar sobre el amor; tres libros en uno que viene a ser una suerte de primera planta. Textos de amor funambulista donde, otra vez, el poeta nos sacude y sorprende alternando, o más bien adoptando la voz de los clásicos a sus necesidades y expectativas poéticas, demostrando que la literatura no es un cadáver exquisito, sino una entidad viva, escribiendo desde la memoria, diciendo que nada es ajeno a la poesía y manejando magistralmente las referencias que suenan nuevas, vigentes otra vez en sus textos.
Luego nos invita el poeta en Las palomas mensajeras solo saben volver a adentrarnos en una geografía del dolor, un libro de una sobriedad punzante. Viene a ser este libro, esta estancia, una recopilación, una toma de distancia sobre los anteriores, una cabeza de playa en la recién inaugurada edad donde el recuerdo se empieza a equilibrar en la balanza con los sueños.
Libro minado todo él por las palabras memoria, recuerdo, tiempo, nostalgia, palabras mayúsculas, pero también terribles del idioma, en un libro que rezuma la belleza de lo inquietante. Alejandro Céspedes es un poeta que intercambia conciencia lúcida por paraísos eternos. Da la impresión, al leerlo que es un poeta que, al menos en lo literario, nació sin ingenuidades.
No hay tregua en la poesía de Alejandro Céspedes, no hay verso, poema ni libro que no exhale la firmeza, que no tenga esa altura que hay quien llama sobriedad pero creo que es intensidad. Como no llamaría yo a Céspedes poeta melancólico, pues no hay un segundo de languidez, de abandono bucólico en su poesía, no hay concesiones de esa naturaleza en Céspedes, y el lector de buena poesía lo agradece.
Al fin en el ático de este edificio “hay un ciego bailando...”, quizá para celebrar el final de este delirio arquitectónico. En él se reafirma el poeta en su obsesión borgeana por el paso del tiempo, por su enigma, por la dimensión nueva que este otorga a las cosas perdidas. Creo firmemente que estamos ante un poeta que, pudiendo dar otra impresión, es un veterano e irredento optimista; alguien que ejerce la alta poesía y sabe que quizá uno de sus secretos es la arcana ambición de redimir por las palabras.
Al fin y al cabo un tipo que levanta estructuras subido sobre andamios de humo tiene que ser alguien que sabe bien lo que se hace y debe ser, además de un magnifico poeta, un hombre optimista.


PUBLICACIONES DEL SUR 15 de septiembre de 2008
Jorge de Arco

En "Sobre andamios de humo" (Ediciones Vitruvio. Madrid, 2008), ha reunido Alejandro Céspedes el total de su obra poética, -a excepción de su reciente premio Blas de Otero, "Los círculos concéntricos"-

Este gijonés del 58, licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación, gestor y agitador cultural, y con siete poemarios a sus espaldas, abriga en su decir un constante desafío frente a la palabra y a la existencia que resuelve sabiamente con un verso acordado y sugeridor. Su universo lírico está salpicado de llameantes fragmentos, de inquietantes miradas, de dolientes retazos que, incesantes, lo asaltan junto a los límites del recuerdo: "Aborrezco el poder de la memoria./ Invade cada instante de mi vida./ Indulta a los fantasmas, coloniza mis noches". Los poemas se van abriendo al lector de manera cómplice, pues apoyado en un verbo musculado y vitalista los sabe dejar muy próximos al corazón:"Y yo soy hombre solo. Sólo hombre./ No lobo, aire, herrumbre ni druida,/ y cometo el error de la esperanza".
Un volumen, en suma, de una y más lecturas, sostenido por una mágica lumbre "donde puede hacer nido la nostalgia".



Se Puede leer el original pinchando sobre el artículo

LA ESFERA DE LOS LIBROS- EL MUNDO 24-10-1998
Lort-Varo


Ajustados y precisos, como corresponde a la idea que los genera, los 22 poemas de “Hay un ciego bailando en el andén” de Alejandro Céspedes, se nos ofrecen precedidos por una cita de Ricardo Reis: “Sea mi ser idéntico a sí mismo”.
Es esa identidad, concreción del ser individual, la que Alejandro Céspedes buscará desde el espejo del poema final, verdadera puerta de entrada a todo el libro, reclamando a la muerte la respuesta a la pregunta esencial mantenida: “...quiero saber si fui todos los hombres,/ O si, como presiento,/ todo existe y no me necesita”.
Esta búsqueda supone un camino a recorrer desde la duplicidad de la mirada, en un diálogo con la propia niñez del que dos aspectos fundamentales deben señalarse: el lenguaje directo y sencillo del poeta, en el que destaca la función conceptual de la metáfora y el empleo frecuente de paralelismos sintéticos, y el espacio cambiante de los poemas, que va subrayando los mitos, verdades intuidas, de ese diálogo.
El extrañamiento inicial que sostiene el poeta ante su condición de adulto se produce en un espacio húmedo, en el que el agua, bruma, o pozo, la lluvia, es una verja que “separa a aquel niño que me mira/ de este largo cadáver que hoy se moja”. En estos primeros poemas la certeza existencial queda fijada a la niñez, una niñez separada de modo insalvable de la realidad del adulto y a la que habrá que volver para saberse: “Quédate allí,/ conmigo/ ... Te necesito... para saber que estuve”.
Pero a partir del quinto poema la voz “casi agua” del niño, “que sube desde el silencio de la siega”, se encuentra con la del hombre, ejercicio poético “que cuanto más avanza más regresa”, en un espacio definido por la sequedad. La felicidad se encuentra “allá”, en un territorio que ya es polvo “imposible de asir”, y el paso siguiente será un deseo de cosificación sensible: “No ser, o ser la hoja/ que recoge en su cuenco/ un puñado de sol”.
Así el espacio, marco del poema, se va modificando a medida que la realidad del presente se imponga, un presente triste, en el que el hombre es efectivamente, como reza el título de la obra, un ciego bailando en un andén.




HAY UN CIEGO BAILANDO EN EL ANDÉN
ABC LITERARIO 17-7-1998
J.M Barrera



Tras cinco libros publicados desde 1986, Alejandro Céspedes (Gijón, 1958) profundiza ahora en “Hay un ciego bailando en el andén” en un espacio preliminar de vida, “vértigo” de la huella íntima ante el propio camino de los signos. Desde la “otredad” que supone una nueva identidad, traza la medida del tiempo, el retorno a la infancia, especial visión en el espejo de la vida: “Hubo un tiempo anterior/ donde era libre/ de inventarme los nombres de los días”.
Ya W.B. Yeats, en 1909, explicaba: “Creo que toda felicidad depende de la energía con que asumamos la máscara de un otro yo; que todo el gozo de una vida creadora consiste en renacer como algo que no seamos, algo que no tiene memoria, a lo que se crea en un momento y se renueva perpetuamente”. Con el rechazo a la “esclavitud” simbólica del cuerpo frente a la conciencia de sueño, el “consejo” interior define la obra de Céspedes, la temporalidad y el recuerdo: “Te necesito allí para saber que estuve./ Si te vas,/ mi vida/ se escapa por el hueco que tú dejas”. Los ámbitos de esa “vuelta” al pasado iluminan el mundo “soñado” de eternidad, el empeño de una “imposible” existencia. La naturaleza “clarifica” igualmente la raíz de esta “definición” interna con la llamada de la muerte. La poética meditativa y existencial expuesta concreta así diversas imágenes urbanas al hilo de esta visión definitiva: “Muere contra el rompiente de la esquina/ y se hace espuma./ Es la curva cerrada de la vida/ que jamás nos permite/ poner recto el volante”.


BABELIA – EL PAIS 30-5-1998
Carlos Ortega




Panorámica del Tiempo Vencido: La poesía sigue gozando en nuestro país de una estimable capacidad creativa. Reediciones de clásicos contemporáneos comparten actualidad con libros de autores jóvenes y nuevas obras de los ya consagrados: Un coloquio establece Alejandro Céspedes entre el niño que fue y su actual extrañamiento en Hay un ciego bailando en el andén, ardid que mantiene con gran verosimilitud y energía, saliendo de sí mismo para ver su verdad.







GUÍA DEL OCIO MADRID Julio, 1998.
Santiago García López
Joven poeta asturiano, Alejandro Céspedes, escribe unos poemas en el que el tono evoca la elegía. Elegías al asturiano mundo que vivió, a sus vivencias del niño que ya no será, a sus amaneceres y sensaciones físicas que ya no se repetirán...
Unas elegías a la muerte de una parte de sí mismo, la que fue en su niñez, tan añorada como imposible de volver a vivir excepto a través de la evocación que el poeta hace en tersos versos, de brillantez de imágenes y sencillez de léxico.
Verso a verso los poemas se encadenan con la cadencia de la naturaleza, sencillos como la misma vida, huyendo de las retóricas y de los sonsonetes o de las oscuras e ininteligibles imágenes. Poemas de la serenidad ante el desencanto de la edad adulta, Alejandro Céspedes es uno de esos poetas que su lectura nos transmite serenidad. La difícil y bella serenidad del vocablo exacto y la imagen bella en su sencillez. Buscando esa comunicación tan difícil entre uno mismo y su pasado. Deificando un paisaje y unos hechos míticos en el recuerdo.




Presentación de "Hay un ciego bailando en el andén" en Oviedo.


















LAS PALOMAS MENSAJERAS SÓLO SABEN VOLVER


Revista Reseña, julio, 1995 Las palomas mensajeras sólo saben volver.
La imaginación de los recuerdos Rafael Alfaro.

Los recuerdos son esas palomas mensajeras que sólo saben volver. El poeta sabe dar ese contenido como alucinación a las vivencias del pasado que hace presente, en forma de monólogos y conversaciones consigo mismo y con esa segunda persona inmanente, a la que se dirige. El libro nos presenta una capacidad inmensa de imaginación, como un recuerdo del futuro confundido con el pasado. Los poemas solamente enumerados se leen como un solo poema.

Acude al pasado, pero vive el presente: “Me aferro a la memoria pero el tiempo/ rechina entre nosotros, y los días/ son pañuelos que arrastran las tormentas”. La imaginación es también la vivencia del recuerdo que intentar hacer presente. Todo es no sólo un juego, sino un modo de vivir la alucinación cifrada en el poema. Esta nueva retórica de la realidad irreal ya la usaba Bécquer y los que hicieron del poeta sevillano una herencia viva y racional. El más reciente maestro de la alucinación como retórica ha sido José Hierro. La alucinación, que no es surrealismo, sino una realidad viva y racional, real e irreal, oscura y clara al mismo tiempo. Algo inmanente en nuestra misma vida en la que pesan los recuerdos con toda su influencia omnipresente. Yo soy yo y mi pasado; soy el que se va haciendo cada día, en un historicismo del que nos habló ampliamente Dilthey.

Hay en estos poemas un despliegue descriptivo de categorías con un lenguaje en el que la metáfora nace de la misma vida. El poeta tiene una sensibilidad especial en la musicalidad del verso. No se conforma con narrar o descubrir. Sabe conferir al verso un ritmo y una melodía espontánea. Lo cual crea a lo largo de la lectura un clima poético sin interrupción.

Los poemas largos cobran una mayor intensidad, porque la misma expresión externa confiere al contenido un mayor interés en el seguimiento imaginativo y en la misma musicalidad del poema.

Estamos ante un poeta de estupenda mirada interior, lo cual no quiere decir que esta poesía intimista sea huidiza de la vida. Precisamente son los recuerdos esa expresión obsesiva e inolvidable de algo que bulle en el poeta. Hay mucha vida en estos versos y, sobre todo, una honda presencia del amor, renacida en el subconsciente para hacerse palabra escrita contra el olvido.

El lenguaje brota espontáneo, envuelto en la niebla del sueño y la memoria, pero se hace claridad en el poema. Hay en estos versos una gran soltura y un ejercicio de expresión que viene natural al verso. Nada forzado ni distorsionado. El verso libre corre casi consciente de su verdadero ritmo y “a sílabas contadas”, pero con sabiduría y elegancia, sin atarse y sin escrúpulos. El libro se lee con interés porque un poema tira del siguiente y del que viene hasta el último, siempre que el lector sepa darle el sentido que le confiere el mismo autor. Uno, al menos, entra en esa corriente o en ese mundo de palomas obsesivas, que vuelven insistentemente.

Poesía meditativa, o introspectiva, Alejandro Céspedes nos ha ofrecido un libro con una profundización de sí mismo, del mundo de sus imaginaciones y recuerdos. Al mismo tiempo que bucea en su interior con una poesía de autoconocimiento, nos dice lo que pasa en nuestra realidad humana. Un libro ejemplar y denso. Inolvidable.


LUIS FERNÁNDEZ ZAURÍN. El Ciervo. Diciembre, 1994
¿Qué libros le han interesado más en 1994?


”Finalmente me quedo también con dos libros de poemas, Las palomas mensajeras sólo saben volver, de Alejandro Céspedes (Hiperión), obra tan bella como su título en la que su autor, mostrando una notable evolución formal respecto a otros títulos suyos anteriores, poetiza sobre los territorios de la memoria, a los que Céspedes no puede evitar volver con nostalgia y dolor, y para acabar, con "Habitaciones separadas, de L. García Montero.”









SUR MADRID 24-2-1997
Vicente Presa

Buen amigo y por mí venerado en su libro “Las palomas mensajeras sólo saben volver”, Alejandro Céspedes es una voz fuerte, personal y regenerada que devuelva a la poesía una tensión muchas veces cuestionada y, eminentemente hoy, en entredicho. En su lírica conspira a favor de las ideas, de las emociones y de los sentimientos. Pero desde una palabra nueva, la del presente, la del futuro, la del corazón de siempre. Su poesía aporta vitalidad y frescura. Y no sólo por la impregnación surrealista y onírica, ni tan siquiera por los mitos de la actualidad a los que recurre. Ahí están Jimi Hendrix, Lou Reed, Diana Ross, James Deán... Alejandro Céspedes retorna, y de la mejor manera, a los temas de siempre, aunque rompe el juego esteticista con valentía y riesgo, sabedor en todo caso, de dar un salto en el vacío.

Sorprende que Alejando Céspedes, en medio de este marasmo generacional, se haya orientado, incapillado, en ese código distintivo de la poesía verdadera que, a fin de cuentas, es la que sale de dentro. Poesía de ahora mismo. Palabra testimonial del universo que nos circunda, es poeta que se enfrenta a sí mismo, a los hombres, a su circunstancia.”



Se pueden leer los originales pinchando sobre los artículos.

ABC CULTURAL julio, 1994
Víctor García de la Concha, Presidente de la Real Academia de la Lengua.






















Premio de Poesía Hiperión 1994: Una cosecha exelente.
La Gaceta Universitaria, 17-10-94
La memoria: Las palomas mensajeras sólo saben volver, al contrario que el libro de Ada Salas, abunda en el uso de la palabra, entendida como construcción del futuro a base de recuerdos. Los treinta poemas son auténticos nudos de emoción densa entre rediles de amor y conjuras de memoria desplegada y expandida hasta el infinito. Obra ensamblada pedazo a pedazo, refleja el dorado rumor del paisaje incandescente de aquel que mira en su interior y después se compara con otra persona tratando que el ruido del choque no sea demasiado estridente. Es la confesión de un autor prendado de la circularidad de los retornos, los suyos y los de las palomas mensajeras. J.O.





Se pueden leer los originales pinchando sobre los artículos.

DIARIO DE MALLORCA 3 de diciembre de 1994























JAMES DEAN, AMOR QUE ME PROHIBES


EL CORREO ESPAÑOL – EL PUEBLO VASCO 25 de febrero 1987
Amalia Iglesias; Evocación de los placeres prohibidos

Amparado por el premio –en esta ocasión el Arga de poesía en Pamplona- nos llega un nuevo libro de poemas de Alejandro Céspedes, joven autor asturiano nacido en 1958.
Una lectura de las citas en que se apoya sería indicio suficiente para trazar los eslabones de una cadena de tradición nombrada (Cernuda, Byron, Gil de Biedma, Kavafis...) vinculados entre sí, no tanto por estilo sino más bien por su estética vital o postura vivencial. Entrar aquí a dilucidar hasta qué punto el mal llamado “mal de los griegos” influye en el quehacer poético de éstos y otros autores sería pretencioso y, sin lugar a dudas, vano.
El libro de Céspedes, dividido en dos partes, toma el título de la primera de ellas: “James Dean, amor que me prohíbes” en el subtítulo “Misal para una infancia de mitos”, se recogen las tres claves fundamentales: misal en cuanto que se convoca a una larga lista de héroes, santos o dioses que conforman la galaxia íntima del poeta, extractados de la historia para, una vez personalizados, convertirse en historia individual e intransferible; infancia como paisaje propicio e idealizado “lugar de los cuerpos poéticos”; y mitos de procedencia diversa, del cómic a la historia, del pop a la pintura, mitos mezclados sin pudor, transgredidos los tiempos, los espacios, desde la plena libertad de la palabra.
Entre el tiempo perdido y la infancia recuperada, un rosario de efebos que cruzan y ese volver a tenderse en la hierba para amarse –tan Cernuda, tan Witman-, ese tenderse en el esplendor de la hierba una vez más, entre la ternura y la ironía, tantas veces amarga.

“James Deán, amor que me prohíbes” pudiera calificarse de libro “novísimo” a destiempo, si tenemos en cuenta el culturalismo abundante en sus motivos, la objetivación de temas en distintos personajes, la cultura pop conviviendo con la clásica (aparentemente), y el cine incorporado a la realidad (de lo que da buena cuenta el título). Menos culturalista resulta la expresión del poema, que se deja leer con gusto y nos ofrece bastantes hallazgos de imagen, sin llegar a ser cargante.



ENTREVISTA por JORDI DOCE




James Dean, amor que me prohíbes por Juan Ignacio González



James Dean, amor que me prohíbes por Marián Suarez.


4.- ÁLBUM FOTOGRÁFICO